
Hace unos días llegaron al whatsapp de mi esposa unos audios de una niña y su madre a partir de una actividad escolar. La propuesta – del área de las artes visuales – estaba dirigida a los primeros cursos de educación primaria. En los audios la niña daba cuenta de lo que hizo y sintió a la hora de realizar la actividad. Acompañando esas explicaciones venían otros de la madre en que fue relatando como habían – juntas – vivido la experiencia. Los audios eran muy movilizantes y mostraban ese “algo especial” que a veces suele ocurrir en las aulas. Se habían puesto en juego afectos.
En este caso se había producido un encuentro virtuoso en el contexto de Pandemia con la total participación – y goce – de la familia. Ese “algo especial” que los docentes sabemos que es un tesoro había sucedido fuera de la presencialidad. Es curioso por que este episodio probablemente no habría ocurrido de este modo en un contexto habitual de seguimiento de clases. No es menor decir que los audios – compartidos con el grupo de docentes – dieron pie a un calor y revalorización de la profesión que se vive como un mimo.





