
Hace unos días llegaron al whatsapp de mi esposa unos audios de una niña y su madre a partir de una actividad escolar. La propuesta – del área de las artes visuales – estaba dirigida a los primeros cursos de educación primaria. En los audios la niña daba cuenta de lo que hizo y sintió a la hora de realizar la actividad. Acompañando esas explicaciones venían otros de la madre en que fue relatando como habían – juntas – vivido la experiencia. Los audios eran muy movilizantes y mostraban ese “algo especial” que a veces suele ocurrir en las aulas. Se habían puesto en juego afectos.
En este caso se había producido un encuentro virtuoso en el contexto de Pandemia con la total participación – y goce – de la familia. Ese “algo especial” que los docentes sabemos que es un tesoro había sucedido fuera de la presencialidad. Es curioso por que este episodio probablemente no habría ocurrido de este modo en un contexto habitual de seguimiento de clases. No es menor decir que los audios – compartidos con el grupo de docentes – dieron pie a un calor y revalorización de la profesión que se vive como un mimo.
En el audio de devolución mi esposa le comentaba a la niña que tenía muchas ganas de abrazarla y conocerla. Tenía ganas de compartir la calidez que había sido capaz de regalar, ganas de sentirse cerca.
Esta introducción nos permite pensar algo que es tema a esta altura del año escolar: el vínculo pedagógico entre docentes y estudiantes. Es tema por que en algunos casos que se ha podido crear y en otros no. Desde los organismos de gestión educativa se ha colocado el tema en la agenda y los docentes, en un sistema tan verticalista como el nuestro, nos encontramos buscando el modo de dar respuesta.
Es importante tener en cuenta que este “dar respuesta” tiene una doble entrada. La primera, muy clara, se dirige a pensar estrategias reales para generar y recuperar esos vínculos. La segunda, de diferente naturaleza, tiene más que ver con una burocratización inherente al sistema que puede alejarnos del objetivo principal. No es que no sea necesario tener indicadores para una buena gestión de un sistema. Pero cabe pensar la importancia de situar los indicadores en un orden de prioridades. Aunque es un problema trasversal en el sistema educativo, nos centraremos en este texto en lo que ocurre en la enseñanza obligatoria.
Vínculos sin cuerpo
En la primera entrada aparece, en el contexto de Covid-19, la dificultad de construir el vínculo pedagógico con nuestros estudiantes. En marzo, al tener sólo dos semanas presenciales, apenas se pudo iniciar ese vínculo que da la presencialidad, ese vínculo que se genera entre los cuerpos en relación en un espacio y tiempo compartido.
A partir de esta situación, este vínculo se ha intentado construir a través de herramientas virtuales generando otro tipo de escenario escolar. En mi condición de facilitador TIC he podido observar cómo diferentes docentes ensayaban varias alternativas para poder llegar a sus estudiantes. Docentes que no estaban familiarizados con el uso de tecnologías en el ámbito educativo preguntaban, buscaban y se interrogaban por los modos en que podían llegar a sus estudiantes.
En este escenario – desconocido y en continua construcción por parte de todos los roles implicados – una buena parte de estudiantes han podido seguir y tener un acompañamiento por parte de los docentes. Otra parte – la que nos ocupa – ha tenido dificultades para estar presentes en este nuevo escenario y los motivos son diversos. Ya hay literatura académica incipiente que está relevando las diferentes situaciones en las que poder pensar esa rotura del vínculo.
Intentar recuperar y acompañar a estos estudiantes es una tarea ineludible de las escuelas desde los inspectores, directivos, docentes, preceptores e incluso de la comunidad donde ésta se encuentra situada. Tal vez la primera pregunta que nos podemos hacer es si la escuela donde nos desempeñamos está trabajando sobre esta tarea.
Puede servir como respuesta lo que ha ocurrido en una de las escuelas de nivel secundario donde trabajo. En ella se han probado dos estrategias. La primera, antes de las vacaciones de invierno, consistió en un relevamiento exhaustivo y nominal de los estudiantes que tenían dificultades para seguir el acompañamiento pedagógico. En esa primera parte del año incluso se designó a responsables docentes por curso que pudieran hacer de puente entre docentes y estudiantes. Esta estrategia no dio los frutos esperados debido a que el vínculo entre estos profesores designados y los estudiantes tampoco se había llegado a construir.
Al regresar de las vacaciones se optó por una segunda estrategia. Un cambio de estrategia siempre significa que ha habido un análisis de lo que se ha hecho y una evaluación que arroja conclusiones. En esta segunda parte del año se repartió entre los preceptores y coordinadores de curso la tarea de acercarse a los estudiantes desvinculados. Estos, a partir de la nómina que cada docente entregó, hicieron contacto con los estudiantes y actuaron compromisos con cada uno de ellos. No solo hicieron el contacto sino que acercaron a cada profesor el detalle pormenorizado de lo hablado y de las dificultades encontradas. Esta tarea individualizó y singularizó a cada uno de los estudiantes en su entorno situado. Cabe señalar que, a partir de estas intervenciones, varios estudiantes se reincorporaron al quehacer cotidiano del grupo áulico. El vínculo, con todas sus dificultades, se está estableciendo.
Ahora bien, aún con algunos éxitos, surge inevitablemente – en este contexto – la pregunta de si estamos haciendo todo lo posible para generar ese vínculo con todos nuestros estudiantes. Nos podemos preguntar si hay alternativas a las acciones realizadas. Podemos pensar – como comunidad educativa – si hay algún camino que podríamos explorar. Esta preocupación está no solamente en cada uno de los docentes y directivos de una escuela sino que forma parte de una preocupación más general del sistema.
Vínculos burocráticos o escucha situada
Pongamos ahora el foco en las acciones que se generan desde los órganos de administración y gestión del sistema escolar. Comentaba al inicio de este texto que la inherente necesidad de relevamiento y seguimiento que necesita un sistema para poder funcionar. No obstante también se debe ser cuidadoso en las acciones que se emprenden debido a que se puede terminar poniendo demasiado peso en la burocratización en detrimento del actuar situado. Creemos precisamente que la clave está en la palabra “situado”.
Es evidente que desde posiciones jerárquicas alejadas de la escuela se tiene la necesidad de saber qué ocurre en ellas. Se tiene, además, la necesidad de comprobar que el sistema funciona de acuerdo a las políticas educativas señaladas. A este saber y comprobar también se le suman ideas y acciones avalados por expertos en educación.
Esta situación abre una pregunta ¿Cuál sería el modo más efectivo para conseguir conocer lo que ocurre al interior de las escuelas de una jurisdicción? Uno se animaría a responder que lo mejor sería escuchar a las personas que están al interior de las escuelas. Hasta la fecha, ha habido encuestas tanto a nivel secundario como terciario que intentan hacer esa escucha. Pero tal vez – en lo que nos ocupa y debido a la diversidad de contextos – los métodos cuantitativos no son los más adecuados para aproximarse a una problemática extremadamente situada.
Si quiero que se construyan o reconstruyan vínculos pedagógicos tal vez deberé escuchar a esos docentes o preceptores que habitan un determinado entorno local. No es lo mismo una institución de una ciudad que la de un pueblo. No es lo mismo el vínculo con estudiantes que ya conocen la escuela que los nuevos. No es lo mismo el perfil de una de las familias que viven en situación precaria que aquel de otra que puede sostener un ritmo de vida no alejado del previo a la Pandemia. Este conocimiento cuando lo es en profundidad sólo puede ser situado.
Si desde Inspección se propusiera una estrategia generalizada para recuperar esos vínculos probablemente pecaría de desconocer la realidad donde se inserta la demanda. Si por ejemplo se pidiesen nuevos contenidos creados ad hoc en articulación artificial entre docentes para ser enviados a los estudiantes con el vínculo roto probablemente redundarían en aumentar el cortocircuito. Al regresar de las vacaciones se pidió a cada espacio curricular una selección de contenido irrenunciables para poder dar en el contexto de Covid-19. Se pensó una selección posible que se está llevando a cabo. ¿Qué sentido tendría añadir, por ejemplo, otros contenidos en este momento?
La articulación entre espacios no sería una mala propuesta. Pero desconocería que ya es algo que se está haciendo. Una de las consecuencias más interesantes que está dejando el trabajar en el contexto de la Pandemia es que ya son muchos los espacios o diferentes profesores del mismo espacio curricular que trabajan articuladamente. Es un aprendizaje muy valioso que se está produciendo y que augura un futuro prometedor cuando se pueda volver a la presencialidad. Cabe señalar pero que esta articulación pide un esfuerzo y un modo de trabajo que no se improvisa. ¿Se podría hacer en poco días?
Puede ser que en momentos como los que vivimos haya necesidad de tener indicadores, textos, documentos o incluso relatos que den cuenta de lo que está pasando. Pero debemos ser muy cuidadosos a la hora de proponer y pedir acciones que no se adecuan a un contexto socioeconómico determinado. El efecto de tales medidas puede ser que se terminen presentando acciones sobre el papel “como si” se pudieran llevar acabo, se lean del mismo modo – “como sí” – por parte de órganos intermedios y que lleven a los órganos de decisión políticos a creer lo que leen “como si” eso refleja la realidad. Creo que es determinante alejar estos “como sí” que solo generan frustración y desdibujan el panorama de lo que efectivamente está sucediendo en las escuelas.
Vínculos situados, estudiantes con rostro
Si compartimos todos los agentes de la comunidad educativa la necesidad de sostener y recuperar vínculos, tal vez se pueda poner la escucha y la mirada en lo que se está haciendo de un modo virtuoso. Es claro que en este momento podemos hacer valer la situacionalidad de las experiencias pedagógicas. El problema del vínculo – común en estos momentos a toda la comunidad educativa mundial – requiere respuestas situadas. Los estudiantes que han perdido el vínculo tienen nombre, apellido y rostro. No son cualquiera, son alguien. Y este alguien tiene vínculos comunitarios conocidos.
Exceptuando los de primer año, estos estudiantes ya conocen a docentes y preceptores de años anteriores. ¿Podemos pensar una estrategia de identificación singular y acercar a cada estudiante un adulto con el que ya tiene el vínculo? ¿Podemos estudiar caso por caso y relevar su situación – como ya están haciendo los preceptores y coordinadores de la escuela a la que aludí – e ir un paso más allá, por ejemplo, designando tutores acompañantes?
Esta propuesta no es tan diferente a la que en condiciones habituales de cursado generamos en las escuelas. Buscar los modos de acercarnos a los estudiantes, comprender las diferentes trayectoria y tiempos. Buscar el apoyo de la familia o adultos implicados. Lo que tiene de dificultad añadida esta situación de Covid-19 es la barrera de la presencialidad.
Por tanto, para finalizar estas reflexiones, se deberá estar atento a las posibilidades de acercarnos a aquellos que no se hayan podido revincular cuando las circunstancias de salud preventiva lo permitan. Se deberá tener preparado un plan que señale los pasos a seguir en esa contingencia. Un plan que hoy – con tiempo – permita tener cubiertas las diferentes aristas. Es de esperar que con el trabajo que se viene haciendo el número de desvinculados haya bajado y se pueda pensar bien en ese acompañamiento dedicado.
Terminamos estas reflexiones con la coincidencia y la voluntad de encontrar caminos que nos permitan poner en el centro de este debate a los principales interesados, los estudiantes. Son muchas las enseñanzas que se están produciendo en este contexto y, probablemente, repercutirán muy favorablemente en el futuro de nuestras escuelas.
La modalidad virtual creció mucho después de la pandemia y, como se plantea en el texto, sigue siendo un gran desafío a superar. Todavía se presentan situaciones atravesadas por distintos factores que pueden dificultar o favorecer su uso y la participación de los estudiantes, por eso es clave seguir pensando estrategias situadas para fortalecer los vínculos pedagógicos.