A partir de la victoria de Donald Trump nos cuentan que han aumentado significativamente las ventas de 1984, la novela de George Orwell[i]. Es un libro que hace tiempo se usa para entender nuestro entorno y encontrar claves de comprensión y alerta. Se usa para poder descifrar y descifrarnos.
De los muchos momentos que podríamos elegir de ese texto, tomo uno que siempre me ha llamado inquietantemente la atención. Winston Smith, el protagonista de la novela, consigue una habitación en la parte de atrás de una vieja tienda donde, supuestamente, está a salvo de la mirada continua del Gran Hermano. Un lugar cotidiano, nada especial; una cama, una lámina en la pared con un paisaje, una ventana. Muebles, objetos, refugio.
Es precisamente esa cotidianidad, esa presencia de lo común, de lo que nos rodea, lo que deviene subversivo, disruptivo, en un universo donde todo está bajo control. Un gesto sencillo se convierte en uno de los más grandes desafíos imaginables en la sociedad definida por Orwell.
No hace mucho tiempo he tenido la oportunidad de leer un libro de Josep Maria Esquirol, un filósofo catalán que vive muy cerca de mis pagos. El libro, La Resistència íntima, una filosofía de la proximitat[ii], tiene un capítulo introductorio en el que el autor reflexiona a partir de ese momento tan cotidiano como es tener un plato caliente en la mesa. Es un detalle que encierra en sí mismo varias significaciones: el hecho de que alguien tiene cuidado de vos, define un espacio compartido, propone una repetición diaria con ligeros cambios. Lo cotidiano, lo rutinario también, puede tener “esas pequeñas cosas” que nos abrigan y reconfortan. Delimitan contornos significativos.
Smith se siente vivo en esa habitación. Julia, la mujer con la que rompe las reglas y comparte clandestinidad, le ofrece un tiempo imposible fuera de esas paredes. Ella, más decidida, se acerca mucho más al abismo de lo subversivo. Ella, en un gesto que nos molestaría desde el feminismo actual, reivindica un vestido y el maquillaje como gestos frente a la opresión. El momento es sublime.
Pero el inquietante momento que da título a este texto se produce a través de la música, a través de una canción. Desde el interior del refugio se oye la voz de una mujer cantando. A viva voz entona una canción de éxito creada por las máquinas del partido para ser consumidas en la más pura banalidad. Para Smith eso es lo genuino, una voz del mundo real.
Me gusta escuchar a las personas cantar en lugares y momentos insospechados: Un repartidor de mercancías que surtía el quiosco de una escuela en la que trabajaba no dejaba nunca de cantar. Oírlo por la mañana era entrar en otra dimensión, un mundo lleno de colores.
La mujer canta. Pertenece a los proles, la clase social más baja en la que está estratificada la sociedad del Gran Hermano. Son la clase que no necesita vigilancia ni control. Son los nadies a lo que no es necesario mirar, clasificar, categorizar en palabras de Foucault[iii].
Smith escribe en su diario secreto: “si hay esperanza, ésta está en los proles”[iv]. Me interesa la idea de pasar desapercibido, de ser opaco a la mirada ajena, no deseada. Caminar por Buenos Aires tiene la fuerza del no ser para nadie. Poder mirar literariamente.
Diego Valeriano trae a la superficie el concepto de vidas runflas. En un texto del Blog Lobo Suelto escribe:
“Nadie habla de las vidas runflas y tal vez no lo hagan por la inmoralidad y promiscuidad política que los sustenta. Inmoralidad que impide clasificaciones e incómoda análisis. Seguramente ni se debería hablar de política. Las vidas runflas son el otro incomprensible e inabarcable. Los militantes y gestores solo los ven como víctimas o victimarios. Jamás como precursores insurrectos imbuidos de una potencia de transmutación, insurrección y destrucción de normalidades, restauraciones y cultura dominante.”[v]
Coincide con Smith/Orwell que sólo los proles u otra de sus denominaciones, vidas runflas, tienen la capacidad de destruir al partido, subvertir la inequidad, el mundo al que peligrosamente seguimos deslizándonos todos.
Ella canta. Canta con su cuerpo. Canta con su voz. Smith vive un recorte inquietante de felicidad, un instante de comprensión e ilusión de algo que podría llegar a merecer el nombre de libertad. Empiezo a tararear a Joe Jackson.
[i] George Orwell (2005) 1984. Sapiens Publicacions S.L. Barcelona
[ii] Josep Maria Esquirol (2015) La Resistència íntim: Assaig d’una filosofía de la proximitat. Quaderns crema. Barcelona
[iii] Michael Foucault (1998) Vigilar y Castiga. Siglo XXI Editores. Madrid
[iv] “Si hi ha gens d’esperança es trova en els proles” en el original catalán que poseo.
[v] http://anarquiacoronada.blogspot.com.ar/2016/03/reencarnaciones-en-plaza-miserere-diego.html
