
Cuando las cosas se ponen densas – tanto en el lado de allá como en el de acá – suelo encontrar refugio en los clásicos griegos. En ellos encuentro palabras que me hablan desde otros tiempos interpelando la propia existencia. El hilo se despoja de la cotidianidad y permite sentir, acercarse, a algo difuso que nombramos como humano.
En estas huidas he descubierto, más allá de los fragmentos de los presocráticos o las mismas obras de Platón o Aristóteles obligado por el estudio, los grandes poemas épicos y las diferentes tragedias escritas en ese tiempo y lugar. No hace mucho reviví a Edipo y, sobre todo, disfruté con Antígona.
En estos días de presencialidades forzadas, sermones sobre violencia callejera y performances fallidas en bolsas de plástico decidí alejarme y adentrarme – esta vez – en la literatura latina. Es una literatura llena de nombres conocidos pero a los cuales nunca había accedido. Había leído a Lucrecio, algo de Séneca y, sobre todo, a Marco Aurelio. Pero nunca había ido más allá.
En estas pesquisas me encontraba cuando llegó a mis manos una edición muy antigua (1957) de la Eneida de Virgilio. El mero encuentro con la obra ya predisponía a leerla con atención. Me llegó a través de un sobrino “ciruja” capaz de encontrar joyas en los basurales de la ciudad. Este sobrino, que además escribe poesía, también fue el responsable de la hermosa edición de “Las uvas de la ira” de Steibeck que leí y comenté hace unas semanas. Así las cosas, el idilio estaba cantado.
La obra tiene un lenguaje atrapante y uno se sumerge con placer en ella. Son tantas las alusiones a dioses, ciudades, héroes y mitos que acompañé la lectura con un mapa del Mediterráneo para ir situando la acción. Una lectura rica en matices.
En un momento de la epopeya, Eneas – el protagonista – hace una visita al infierno y relata lo que ahí ve. Evidentemente, los que conocen de literatura universal, probablemente hagan el enlace con el Dante y “La Divina Comedia”. Yo recién ahí fui consciente y comprendí el rol de Virgilio en la obra italiana así como, también, en alguna canción de Silvio Rodríguez.
Esta conexión me llevó a pensar en la descripción que hace Dante de los diferentes círculos del infierno y, en casa, al comentarlo, nos pusimos a bromear sobre cuáles serían los nuevos círculos que encontraríamos si hoy tuviésemos que describirlo en compañía de Virgilio. De entre los candidatos posibles surgió uno sobre el cual se podrían escribir diferentes descripciones y pensar tormentos acordes con su mal.
No estamos ante el mal total ni el mal absoluto. Ser “COMPARTIDOR COMPULSIVO DE NOTAS DE LAS REDES SOCIALES SIN PREGUNTARSE NUNCA POR EL ORIGEN Y LA FUENTE PARA VALORAR SU VEROSIMILITUD” entraría en la categoría de pecados veniales y, posiblemente, nos encontraríamos su círculo en las esferas más superficiales del infierno.
Ahora bien, la cantidad de habitantes de este círculo del infierno empieza a ser tan grande que amenaza la mínima convivencia más allá del averno. Tal vez el tormento podría ser que el o la culpable – solo por un breve espacio de tiempo – pudieran sentir lo que una víctima puede llegar a vivir a diario en las redes amparadas por el anonimato de seres degradantes y degradados. Solo que por un breve espacio de tiempo, el o la culpable dimensionaran el mal al que se suman en contra de la comunidad.
Volviendo al principio, la necesidad de huir de la mezquindad puede llevarnos a buscar en otro “tempo” y en otros espacios textos, imágenes, personas o paisajes en los que no se nos quede “cara de twitter”.