“María Domecq” de Juan Forn

Una de las veces que viajé a Buenos Aires, cuando ya parecía que nuestra estadía en el país tenía tintes de larga duración, me perdí por las librerías de la calle Corrientes con un propósito. Quería descubrir a un autor/a argentino que no conociera con alguna garantía de que me gustaría.

En una de las la librerías me dirigí directamente hacía uno de los libreros que se parecía – prejuicio o fantasía mediante – a uno de esos de película de aventuras. Mi acento me delataba así que podía pasar perfectamente por lo que era: un “gallego” que quería saber algo más que Borges o Cortázar.

Le comenté que quería conocer a un autor que fuera para mí completamente desconocido añadiendo como premisas que lo que escribiese tuviese algo que ver con Filosofía pero no necesariamente ensayo y que, sobre todo, estuviese vivo. Tenía la necesidad de leer a alguien que estaba viendo lo que se nos estaba avecinando en ese inicio de siglo.

Pensó un poco, me hizo preguntas y, casi sin titubear, dijo que ya había encontrado a ese autor. Habló de él sin nombrarlo, me dio algunas características, algo que seguro me seduciría y – cuando yo ya lo acepté entregado – me dijo que sólo había un problema, había fallecido hacía dos años. No había marcha atrás y Juan José Saer entró en mi existencia por esta vía. “El río sin orillas” ha sido un libro que he regalado varias veces.

Esta experiencia la he intentado repetir en varias ocasiones y en contextos diferentes. Un librero acompañando a un lector. En Bell Ville eran horas y horas conversando con la Silvia Bonnet de la librería “Aureliano”. Arlt, Fontanarrosa, Piglia, Dalmasetto, “Rosaura a las diez”… Aún hoy puedo pasar un buen rato conversando ahí aunque ella ya no esté.

En mi Vilafranca natal tengo a Quim y Jordi de “La Cultural” como buscadores de tesoros. Han suministrado casi todo el material raro de Levinas y sus comentadores. Otras  veces la Montse me había orientado en “La Odissea”.

En este tiempo de interrupción corporal he tenido que cambiar hábitos y hacer las compras virtualmente. De todos modos he seguido tirando de las librerías de cabecera que uno tiene. He comprado virtualmente en “Aureliano” y también en la librería de Córdoba “Rubén libros”. Es en esta última donde me animé hace unas semanas a vivir la experiencia de descubrimiento de un modo virtual.

En este punto debo hacer una parada. Hace mucho soy lector de Página12 deteniéndome especialmente de los textos más literarios, notas que salen de la cotidianidad más incipiente. De estas notas siempre he disfrutado de un autor sin más referencias que lo que leía en ese momento. Nunca retuve su nombre aunque me doy cuenta de que ya en el pasado me habían llamado la atención sus textos. Además, en una confusión que no sé explicar, siempre asigné esos textos y ese apellido – catalán por cierto – a un viejito que presentaba un programa de historietas en el Canal Encuentro y del cual – hoy – me doy cuenta que no sé cómo se llama.

Hace unos meses uno de esos textos me pareció sublime. A partir de ahí decidí buscar quien era Juan Forn. La búsqueda me llevó a una entrevista realizada en Villa Gessel, en una atmósfera hermosa y con una calidez que me hicieron aumentar las ganas de conocer y conocerlo más.

Fueron estas ganas las que, como me había adelantado, me animaron a vivir la experiencia de descubrir a un nuevo autor. Rápidamente envié un nuevo mail a Leo de “Rubén Libros” que complementaba un pedido realizado hacía un par de días. Directamente le expliqué mi contacto fragmentario con Forn y le pedí que me aconsejara una novela para conocerlo e introducirme en su obra. Sin demora contestó  “María Domecq” y que la tenía disponible. Sin pensarlo le pedí que la añadiera en el pedido y hace un par de semanas llegó. ¡Qué lindo es recibir correspondencia en forma de un paquete cerrado!

Después de otras lecturas lo abordé como quien deja la cereza del pastel para más tarde. Despacio lo empecé. Me metí en la atmósfera que recrea Forn y viví la sensación aumentada que uno tiene en sus columnas. Me gustó mucho. Mucho. Lo he devorado con placer con la alegría de un nuevo territorio que se abre para transitarlo.

Sin más, “María Domecq” de Juan Forn

“Porque, a su lado, se podía estar vivo como ella. A su lado, el desgaste de la vida no roía: pulía. A su lado, no había lugar para el miedo”

Bendigo y agradezco este placer que nos ofrece la lectura, siempre, siempre.

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