Reflexiones preliminares a la Bimodalidad en los Institutos de Formación Docente

El próximo cuatro de abril comenzaremos, en los Institutos de Formación Docente (IFD) de la provincia de Córdoba, el curso 2022. Lo comenzaremos en un formato que recibe el nombre de Bimodalidad. Este nombre indica que tendremos una modalidad que combina la presencialidad y la virtualidad.

Esta propuesta rompe una manera inercial de hacer escuela que se remonta a sus inicios. La escuela, como quedó claramente de manifiesto durante la Pandemia, es una institución que articula los espacios y tiempos de toda la comunidad. Tanto es así, que la exigencia de que les niñes volvieran a las escuelas fue un reclamo durísimo a inicios del 2021. Hoy, ya en este curso 2022, los niveles inicial, primario y secundario han vuelto a la presencialidad plena manteniendo protocolos sanitarios mínimos.

En terciario o superior y, concretamente en el los IFD, la presencialidad ha estado históricamente regulada incluyendo un tanto por ciento mínimo para aprobar una unidad curricular. Esta regulación ha intentado comprender que el estudiante de superior puede tener otras ocupaciones derivadas del trabajo o familia y se ha contemplado que la presencialidad plena es casi imposible.

Han pasado ya más de dos años desde aquel 16 de marzo de 2020. Ese día significó el paso de la presencialidad a la virtualidad forzada. Un cambio que trastocó todas las inercias y modos de trabajar que teníamos interiorizadas. Gracias al esfuerzo gigantesco de toda la comunidad se pudo lograr un tipo de escuela diferente pero escuela de todos modos. Una escuela que tuvimos que habitar de otro modo y que construimos con mucha dosis de voluntarismo. El que sabía echaba una mano al más nuevo, lo que no sabíamos lo buscábamos, etc. Lo que significó ese quiebre no es el tema central de estas reflexiones y cada uno atesora su propia experiencia.

Entonces ¿qué significa regresar a la escuela de modo bimodal? Bimodalidad en educación es un término aún vacío. Como señalaré más adelante, no hay aún mucha literatura académica sobre lo que puede querer decir. Nos encontramos con una palabra que nos cae a los institutos con no mucha información alrededor. Sabemos – sólo soy docente con lo cual mi información puede ser escasa. De ahí la palabra “preliminar” en el título – que la información del Ministerio se refiere a porcentajes que combinan presencialidad y virtualidad. No tenemos muchas más especificaciones. Insisto con lo de preliminar, por tanto, a día de hoy.

Pero, atendiendo al nombre propuesto y a lo que la relación entre Educación y Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) se refiere, podemos decir alguna cosa de las posibles modalidades existentes.

E-learning y B-learning

Aunque estudiar siempre ha tenido un componente de presencialidad, de encuentro entre docente y estudiante, la enseñanza a distancia ya era una realidad antes de las TIC. Por ejemplo, la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) en España – Universidad pública – se crea en 1972. Usando un método con textos, libros y la correspondencia tradicional, se preparaba a los estudiantes que debían rendir, al final del proceso, un examen presencial en las diferentes sedes físicas. Buenos Aires sigue teniendo sede actualmente, por ejemplo.

Con el advenimiento de Internet, a finales del siglo pasado, aparecieron en la Red todas las actividades del mundo físico. De este modo encontrábamos el correo electrónico, el comercio electrónico, el amor electrónico, etc. Con la “e” delante se nos hicieron familiares anglicismos como e-mail, e-commerce y, ya referido a lo nuestro, el e-learning. Este último define la enseñanza mediada por Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC).

Cualquiera que haya transitado una capacitación a distancia conoce bien cómo se organizan estos cursos. Un material seleccionado y armado en una plataforma enriquecido, a su vez, con múltiples enlaces y recursos asociados – hipertexto – que dan el marco teórico del tema. Aparecen espacios de encuentro diacrónicos y sincrónicos que permiten un acercamiento – siempre mediado – entre docente y estudiantes. Finalmente, una hoja de ruta organiza ese cursado hasta el último detalle dando cuenta de un itinerario propuesto. Es un formato que funciona muy bien para módulos cortos. No obstante, la evaluación, como siempre, es otro tema. Siempre compleja, en estos casos se complejiza mucho más.

A partir de estas experiencias – e-learning – y la introducción de las TIC en las escuelas aparece una nueva modalidad. Esta modalidad mezcla elementos de la presencialidad con los de la virtualidad. ¡Ah, como la bimodalidad! – pueden señalar con cierta razón. Pero no, no es precisamente de lo que se está hablando. En el año 2008 podemos rastrear un artículo de Buckingham que nos puede ayudar a comprenderla. En él, el autor habla de “aula sin muros”. También se suele hablar, en aquellos inicios de siglo, de aula aumentada. El anglicismo que intenta dar cuenta de esta “mezcla” – “blend” en inglés – es el b-learning.

El b-learning, lo que propone, es usar pedagógicamente a las TIC enriqueciendo el encuentro presencial del aula. Es dentro de esta modalidad que se piensan, entre otros, el programa Conectar Igualdad en Argentina o el CEIBAL en Uruguay. La idea es aprovechar los recursos TIC – en línea o fuera de línea – para el acto pedagógico. Nótese que no es hacer un mero uso instrumental de las TIC, esto es sustituir pizarrón por pizarrón digital o mostrar un powerpoint en vez de diapositivas o un libro con pinturas del Renacimiento, sino usarlas frente a la pregunta pedagógica.

El b-learning contempla la enseñanza situada y plantea la pregunta pedagógica antes que la tecnológica. A un grupo le puede convenir algún recurso digital y a otros no. Incluso puede ser diferente al interior del grupo. Como ejemplo, el año pasado tuve una estudiante de secundaria que los trabajos de Filosofía los realizaba mediante dibujos e historietas. Una maravilla.

¿Qué es la bimodalidad?

Antes anticipaba que era un significante vacío. No responder a esta pregunta. Y este es, principalmente, el motivo de estas reflexiones. No sé qué es exactamente lo que se está pensando desde el Ministerio. No sé qué es exactamente lo que se imaginan, lo que visualizan cuando hablan de bimodalidad.

Cuando uno propone un cambio estructural de esta magnitud y ya no se apoya en la excepcionalidad – Deleuze tal vez diría que ya siempre estamos en estado de excepción – significa que tiene datos y argumentos que le permiten sostener el cambio. Si estamos saliendo de la pandemia, quiero imaginar que el Ministerio tiene datos y estudios que le permiten tener un diagnóstico y que, sobre ese diagnóstico, se arma la propuesta.

Obviamente mi conocimiento y acceso a la información es limitado pero si buscan la palabra “bimodalidad” verán que son muy pocos los artículos e investigaciones que orientan sobre ello. Sobre lo que nos ha ocurrido en las escuelas durante la pandemia hay todavía poco análisis. Recién empiezan a aparecer investigaciones con resultados muy preliminares.

A modo de ejemplo, el año pasado pude dirigir un Trabajo de Final de Grado en la Universidad Nacional de Villa María sobre un estudio de caso en un secundario del sudeste cordobés. Una aproximación aún en términos exploratorios. Recién en este año formo parte de un equipo que intentará relevar lo que nos ocurrió en uno de los secundarios donde trabajo.

Reducción de horas o …

De la poca información que tengo – insisto en que mi rol en los IFD es de profesor y, probablemente, me falta mucha y clave – lo que se nos plantea en la bimodalidad es que cada Instituto encuentre el modo de adaptar los porcentajes planteados. Siendo consciente de mi falta de precisión, sería el 40% de presencialidad para la formación general, 50% para la específica y un 60% o más para la práctica.

Como solución, desde un IFD, se podría plantear que una semana, llamémosla A, tendríamos encuentros presenciales y en la otra semana, llamémosla B, tendríamos virtualidad. En la virtualidad se propone el uso de recursos diacrónicos y, en menor medida, sincrónicos. La clave para que la experiencia derive hacia un lugar o hacia otro está en qué entenderíamos por virtualidad en las semanas B.

Antes de la pandemia, el uso de las aulas virtuales de los IFD era muy bajo. Había una infrautilización de un recurso que se ha revelado muy potente. Los docentes que no las usaban daban clases usando los recursos tradicionales con algún enriquecimiento de recursos TIC a modo de ampliación: videos, libros y revistas en línea, uso del cañón para pasar alguna presentación, etc. Los que las usaban seguían un modo de hacer al que le cabe la etiqueta de b-learning.

Todos, de un modo u otro, empleaban muchas más horas que las que estrictamente figuran en las planillas. Horas para buscar información, seleccionar, preparar el recorte didáctico, evaluar, etc. Este tiempo, en la pandemia, se multiplicó exponencialmente hasta hacer saltar por los aires cualquier franja horaria en la que uno trabajaba o atendía. El tiempo para intervenir en foros, para escribir – temporalidad muy diferente de la que permite la oralidad en el aula – o incluso para grabar audios multiplicó la dedicación horaria. La devolución formativa, que escribimos con esmero y delicadeza, ocupa horas y horas.

Si esto es así, si tanto en la presencialidad plena como en la virtualidad hay un tiempo de dedicación extenso fuera de los horarios de planilla, ¿cuál es la idea de la semana B? Si tenemos que dedicar ese tiempo a foros, a buscar información, a evaluar – ¡que igualmente ya lo hacíamos! – ¿No estamos simplemente reduciendo el tiempo de cursado? ¿No estamos intentando dictar una carrera en términos de priorizar contenidos como hicimos – excepcionalmente – en la pandemia?

Si esto fuera así, los primeros afectados son los estudiantes a quienes se les saca tiempo de formación. En segundo lugar, los mismos profesorados – sobre todo del interior – que ven peligrar su propia existencia por que – con la vocación de ajuste que tiene y muestra el Gobierno Provincial y la poca fortaleza de nuestro gremio demasiado tibio – podrían ir concentrando matrícula en los institutos centrales y reducir costos en personal y edificios. ¿Veremos el edificio del Profesorado Mariano Moreno de Bell Ville terminado?

Si por mí fuera… b-learning

Para terminar este texto – siempre muy largo – creo que lo que nos ha pasado pedagógicamente, durante la pandemia, nos permite repensar la propia escuela. Creo que este repensar es una tarea extensa y compartida a gran escala. Creo que es una oportunidad para zarandear una institución inercial.

Ahora bien, este zarandeo necesita de ciertas estructuras, guías, diagnósticos y espacios para realizarse. No creo que una propuesta de porcentajes pueda dar cuenta de lo que se debe tratar.

Si por mí fuera, como dice el título de este último apartado, propondría la presencialidad plena con el funcionamiento pleno de las aulas virtuales. Que lo que ocurre en las aulas virtuales pudiera ser trabajado en la presencialidad. Que los dos espacios se retroalimentaran – cuidando los tiempos de estudiantes y docentes, claro, así como un sueldo digno y sin pérdidas acumuladas para los primeros – para enriquecer las experiencias de enseñanza y aprendizaje.

En el b-learning el cuerpo, los gestos, las sonrisas tienen presencia. Enseñamos con el cuerpo, somos corporales. En el b-learning los recursos TIC – TRIC siguiendo a Gabelas y Lazo donde la R es el factor relacional que nos brindan las redes – son pensados situadamente después de haberse hecho la pregunta pedagógica. En el b-learning se intenta que el uso de las TIC no sólo sea instrumental. En el b-learning los profesorados siguen siendo espacios culturalmente situados en entornos singulares con una historia rica en el interior del interior argentino.

Si esto pudiese llevarse a cabo, requeriría un cambio radical en el estatuto docente y un modo de contar el tiempo de trabajo real diferente de la actual. Este cambio en la temporalidad y en el cálculo del tiempo del trabajo docente – aumentado claramente en esta modalidad – implicaría obviamente un cambio en la remuneración y la gestión del número de horas cátedra. Soy consciente de que el zarandeo que ese cambio requeriría es una pelea titánica ante un Ministerio que hace tiempo ningunea a los docentes y un Gremio que, para usar una expresión bien propia, “se le escapa la tortuga” desde hace bastante tiempo.

Finalizando, estas líneas tiene el objetivo de abrir un debate al interior de los IFD para pensar qué puede significar la implementación – hasta ahora – tan difusa de la bimodalidad. Como cualquier texto de actualidad corre el riesgo de quedar obsoleto si aparecen – sería lo deseable – unas directivas ministeriales claras basadas en un diagnóstico elaborado y enriquecido con los aportes de la comunidad.

Muchas gracias

*El autor es Licenciado y Profesor en Filosofía y tiene una Maestría Universitaria en Educación y TIC. Se desempeña como docente en los niveles Secundario y Superior (IFD).

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