Baqueanos

En memoria de Vera Rexach

Estoy cansado, muy cansado. No es un cansancio nuevo pero es un cansancio diferente. Cada noviembre-diciembre, acá en el hemisferio sur, los docentes estamos cansados. Un año escolar con todo lo que lo completa está por finalizar. Este año no, este año sabemos que no.

Estoy cansado, muy cansado. Me levanto, prendo la computadora, casilla de mensajes llena de correos nuevos. El celular con la pantalla verde de novedades. Durante el día leer trabajos, escribir entradas de Blog o Campus, responder a cada uno de los mails del modo en que los docentes intentamos generar el vínculo: el nombre del interlocutor, las palabras justas, el comentario de ánimo, el “no obstante”, el “tal vez”, el “pero podríamos” con el que señalar algo a mejorar.  En la casa el murmullo de estar grabando audios, puertas y miradas que piden silencio.

Estoy cansado, muy cansado. El día transcurre como el anterior. “Viernes y el cuerpo lo sabe”. No, este año no. El viernes solo precede a un sábado igual. Mensajes que siguen llegando, devoluciones “al toque” para no olvidarse. El sol ya se puso y nuevos mensajes. Madrugada después de alguna Serie juntos, insomnio, más mensajes, “perdone la hora profe…”.

Estoy cansado, muy cansado. Pero no es un cansancio solitario, propio, mío. Es un cansancio compartido, ancho, amplio, distribuido. Esta vez, además de los estudiantes, se suman las familias, los que conviven con ellos, con ellas. Madres, abuelas, hermanas, tías – casi siempre ellas – acompañando a los más chicos. Preguntas que quieren saber, que no entienden, que se preocupan, que también están cansadas, muy cansadas.

He visto sobre todo a estudiantes de terciario atentas a explicaciones vía videoconferencia con chiquitos en brazos. He visto miradas suplicantes por los ruidos de fondo de chiquillos vociferando. He recibido mensajes – sí, los de “perdone la hora, profe…” – de madres/estudiantes que aprovechan esas horas de paz nocturna para leer, escribir, entender.

He visto docentes buscar maneras para acercarse a sus estudiantes, vincularse. He visto el ensayo y el error, el desvivirse, el preguntar cómo podían hacer tal cosa, el buscar palabras para acercarse. ¡Qué complejo el arte de enseñar cuando del Otro – pensando en Levinas – casi ni tenemos las huellas de su rostro!

He visto directivos soplar tres veces, mantener la serenidad, realizar conjeturas, equivocarse, acertar, acompañar, estar.

Y lo que no he visto, lo que no me gustó, lo que seguro que se podría haber hecho de otro modo, hoy no tiene cabida en este texto. Hoy estoy cansado, muy cansado.

Pero este cansancio tiene un aspecto que lo diferencia de otros finales de curso. Habitualmente se llegaba a estas fechas con el sentido de haber cumplido objetivos, de completar una etapa. Pero esta vez no. En este momento en que estamos tan cansados tenemos más incertidumbres que certezas. Como nunca, dudamos si pudimos llegar a ese estudiante, si lo que explicamos pudo llegar del modo esperado. Dudamos de haber encontrado el mejor modo de aproximarnos. Dudamos de haber conseguido lo que queríamos.

Y es aquí donde me gustaría traer una idea de Vera Rexach. Para quienes la conocieron sabrán de su mirada profunda y experimentada sobre la educación. Ella, hace unos años en una entrevista, me habló del concepto de profesor baqueano.

La figura del baqueano es aquel gaucho que se adentra en un territorio guiando a un grupo. Sabe leer los sonidos del viento, las formas de las nubes, las huellas de diferentes animales. No conoce el territorio pero sabe mirar en los detalles, adaptarse al grupo, a los movimientos.

Tiene además, como deber sagrado, que nadie se pierda, que nadie se quede atrás. Si es necesario acampar para ir a buscar al rezagado se hace. Entregará el grupo completo al otro lado del páramo. A todos.

En las condiciones excepcionales de este año hemos tenido que enponcharnos y ser más profesores baqueanos que nunca.  Hemos transitado por un territorio inhóspito, desgastante, sin cuerpo, sin miradas. Hemos intentado mantener al grupo juntos. Hemos encendido hogueras para calentar y hogueras para guiar. Hemos contado con la ayuda de los guiados, sus familias, sus afectos y sus historias.

Hemos visto a lo lejos otras hogueras, otros fuegos, otros puntos avanzando por ese espacio vasto. Algunas veces nos hemos acercado y nos hemos saludado detrás de la mascarilla. Otras veces solo una mano levantada desde lejos.

Aquí estamos, cansados, muy cansados, pero cerca de algún lugar que intuimos final de viaje. No hemos terminado pero a pesar de las incertidumbres, sabemos que este año ha ocurrido algo. El año que viene tendremos que reforzar aprendizajes concretos, algunas competencias, algunos datos. Pero este año hemos aprendido mucho todos. Hemos aprendido muchos aspectos que superan el currículum, lo esperado. Hay algo de lo humano – porque lo mezquino no cabe hoy en este texto – que nos ha interpelado, nos ha tocado, nos ha abrazado.

Estoy cansado, muy cansado pero contento y orgulloso de ser docente.

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