Hablemos de Ciencia y las decisiones políticas que se toman a partir de ella

Los viejos libros que siguen acompañando

(Este texto se ofrece como reflexión inicial a les estudiantes de tercer año del Profesorado de Historia en el marco del espacio curricular Epistemología e Investigación Históricas. Por su carácter inicial tal vez pueda interesar a alguien que se pregunte sobre la Ciencia y, en concreto, la relación que se ha establecido entre ella y la gestión de la pandemia. Disculpen la extensión)

Podríamos describir el siglo XX como el siglo de la Ciencia y la Técnica. Este, el saber científico,  era un tipo de saber que no era objeto de discusión más allá de los círculos académicos. Durante mucho tiempo, el común de los ciudadanos le hemos conferido al conocimiento científico un poder de “verdad” casi indiscutible. Que algo estaba demostrado científicamente anulaba cualquier controversia.

Esto es así porque la Ciencia y la Tecnología han conseguido logros asombrosos. Desde conseguir hacernos volar mediante aviones a conseguir comunicarnos con los que están lejos. Desde erradicar enfermedades mortíferas hasta encontrar tratamientos para los diferentes cánceres. Desde el análisis de grupos humanos y la posible intervención para mejorar un barrio determinado hasta comprender y manipular el genoma humano.

¿Pero que es la Ciencia?

La Ciencia es una modo que tenemos los humanos para relacionarnos con el entorno. Comprender y explicar los fenómenos que se nos presentan es tan antiguo como la misma humanidad. Ahora bien, a diferencia del pensamiento mítico, que elabora narraciones que dan cobertura a esos fenómenos transmitiéndolos íntegramente de generación en generación, la ciencia se plantea abordarlos de otro modo.

Una disciplina científica se define por tener un campo de observación delimitado, un cuerpo teórico armado siguiendo una cierta lógica y consistencia y, finalmente, una comunidad de científicos que comparen ese campo y ese cuerpo. Se hace ciencia utilizando lo que ya se sabe de un fenómeno en particular intentando ampliar el conocimiento que se tiene de él. Una teoría científica es, entonces, el conjunto de enunciados que explican o interpretan un campo de conocimiento concreto.

Aquí nos detenemos un momento para intentar esclarecer una confusión que suele presentarse cuando se habla de teorías científicas. En el lenguaje común solemos usar esta expresión: “En teoría, esto es así pero en la realidad, es completamente diferente”. En este caso “teoría” significa algo supuesto, no necesariamente coincidente con la realidad. Además, como en la frase, se suele contraponer esa “teoría” a lo real, a lo verdadero. De este modo, la palabra “teoría” queda como algo que podría ser pero no se ha demostrado.

En Ciencia no es así. La teoría es el conjunto de saberes que se saben y se asumen como probados al interior de una ciencia. Son los enunciados que configuran el “Marco teórico” o, lo que es lo mismo, el conocimiento que se sabe de un fenómeno en cuestión objeto de esa ciencia. Una explicación que se propone para explicar un fenómeno pero aún no ha sido demostrada es una “Hipótesis” y ésta marca el inicio de una Investigación. Así, por ejemplo, cuando se habla de la Teoría de la Evolución de Darwin o la Teoría del Big Bang como origen del Universo se está hablando de conocimiento avalado y comprobado dentro de lo que estas ciencias particulares pueden sostener con coherencia en el presente en que son enunciadas.

Controversias en Ciencia

¿Significa que este saber – estas teorías – son indudables? ¿Se convierten en Dogmas? No y precisamente porque la respuesta es No que se puede hablar de Ciencia. Los saberes y conocimientos que tiene una Ciencia determinada de un entorno son siempre provisionales. Cuando se afirma algo en Ciencia siempre se está diciendo que esta es una buena explicación teniendo en cuenta el momento actual de desarrollo de esa Ciencia y, además, que la afirmación está sujeta a contrapruebas que puedan señalar errores en el modo en que se llega a una conclusión.

Popper, uno de los más conocidos Filósofos de la Ciencia, sostendrá que, debido a que una teoría no se puede demostrar en todos los casos, el trabajo del científico consistirá en intentar falsearla. Si encuentra ejemplos en que la teoría no funciona, obligará a reformular el trabajo de investigación. La falsabilidad de las teorías es – sostiene Popper – un indicador de su cientificidad.

Por tanto, la Ciencia es provisional y falible. Esto no significa que sea débil o incoherente. Significa que los humanos nos enfrentamos con nuestro entorno mediante los sentidos y el intelecto y que ponemos en juego los saberes que hemos construido a lo largo de la Historia.

Entonces, ¿Cómo se resuelven las diferencias al interior de una disciplina científica? Este es tal vez el punto más importante de este texto. Las investigaciones científicas, cuando llegan a resultados, se hacen públicos. Se publican, por ejemplo, en revistas especializadas que la comunidad científica reconoce como confiables. El prestigio de estas revistas es – como todo prestigio – una cuestión de tiempo, coherencia y perseverancia. Los resultados a los que se ha llegado se exponen en ella y cualquier equipo de investigadores – de otra Universidad, de otro organismo o incluso un particular – puede tomar los resultados, evaluar los métodos para conseguirlos, contrastar fuentes o revisar inferencias.[1]

De este modo, para poner un ejemplo, un terraplanista debería publicar sus investigaciones en una revista, exponer los resultados y el modo cómo los obtuvo y, de este modo, exponerse a la refutación y a la crítica. Les anticipo que esto no ha sucedido. Del mismo modo, un científico o médico que nieguen la existencia o las consecuencias del virus del Covid-19 debería poder publicar sus estudios y abrirse a la posibilidad de ser refutado. De hecho, el avance vertiginoso que se ha hecho en el conocimiento y tratamiento en tiempo record del virus no significa que ya lo sabemos todo. Los trabajos se publican y las críticas son, a su vez, publicadas. No se sabe todo, hay revisiones continuas provocadas por la emergencia que da el tiempo, hay muchas lagunas aún por resolverse y por ello se sigue investigando. Las controversias se publican, se discuten y algunas nos llegan a los profanos.

Segundo momento para detenernos. No todas las afirmaciones que intentan explicar el mundo están en pie de igualdad. No todo valen lo mismo y no todas las opiniones son equivalentes cuando hablamos de Ciencia. La Tierra no es plana. No hay ningún lugar científico que lo sostenga. No hay ningún intento dentro de la Física o la Geología que lo pueda sustentar. Las vacunas funcionan y, desde su implementación, han salvado millones de vidas. No hay trabajo de investigación que lo haya logrado refutar.[2]

Entonces, ¿Podemos seguir las controversias aquellos que no estamos familiarizados con una determinada Ciencia? Sí pero desde luego no como “barrabravas” de una posición u otra. Por ejemplo, no podemos comportarnos como “hinchas” de la Pfizer frente a la Sputnik. O seguidores “acérrimos” de la “china”. Lo que debemos hacer es intentar ser cautos, estar atentos a las referencias que se traen a colación cuando un comunicador o divulgador afirma algo. La prudencia es una virtud científica y deberíamos escuchar y no repetir o compartir cualquier cosa. Debemos comportarnos haciendo que nuestras interacciones valgan la pena, que sean meditadas, que no reproduzcamos cualquier cosa.

Decisiones políticas a partir del conocimiento científico

Entonces, ¿podemos trasladar las controversias científicas al campo de la Política? La política no es una ciencia. Podemos estudiar la Historia, las sociedades, las ideologías. Pero no hay una política correcta única para resolver las diferentes convivencias de los humanos.

Ahora bien, la Ciencia en sus diferentes disciplinas, sí puede ayudar a tomar decisiones políticas. Como ejemplo, entremos de lleno en la gestión de la Pandemia que nos ocupa. Ha pasado ya un año y tenemos un largo recorrido. Vale subrayar que todos los gobiernos u organizaciones – sea del nivel que sea- han cometido errores o han tomado decisiones que no han mejorado lo que querían mejorar. Pueden ser achacados a diferentes motivos pero es importante darse cuenta, además, que lo que para alguien ha podido ser un error para otro ha sido un acierto.

Lo que plantearemos se moverá necesariamente entonces en el plano de lo deseable. Y será desde este plano que podremos animarnos a decir algo sobre ello.

En una mesa de operaciones frente a la pandemia me imagino, junto a una presidenta o presidente, en primer lugar a científicos del área de la infectología: microbiólogos, desarrolladores de vacunas, biogenetistas entre otros. Me imagino también científicos que trabajan en el campo de la medicina y la atención hospitalaria, médicos especialistas en urgencias, profesionales del mundo de la salud.

No podrían faltar en esa mesa científicos sociales de los campos del comportamiento social, economistas, trabajadores sociales y personas con experiencia contrastada en el conocimiento de los diferentes niveles sociales.

También estarán, en esa mesa, comunicadores sociales, psicólogos y pedagogos. Añadiría la presencia de algún filósofo que pudiera hacer aportes en debates sobre el significado de la libertad, sobre el cuidado del otro o convivir con el otro e, incluso, el significado de la muerte en este inicio de siglo.

Los diferentes aportes de las diferentes ciencias suministrarían, necesariamente, una imagen poliédrica que debería poder ser interpretada. Una ecuación o – más en sintonía con un determinado lenguaje actual – un algoritmo pondría en juego todos los indicadores suministrados por esa imagen. El resultado podría ser la ponderación de todos los elementos que están en juego para tomar una decisión.

Eficiencia o humanidad

Tercer momento para detenernos. ¿Significaría este algoritmo el triunfo de las visiones que sostienen el final de la “política” para que esta sea sustituida por la gestión o administración descontaminada? ¿Sería el triunfo de la Inteligencia Artificial como ordenadora de la sociedad desde el punto de vista de la eficiencia? Como señalaba hace unos meses en un comentario sobre un libro de Eric Sadin sobre Inteligencia Artificial, una decisión eficiente no es sinónima de humana. Los humanos – en este caso la persona que tenga que tomar una decisión política basada en los elementos suministrados por la Ciencia – tomamos decisiones de las que podemos dar cuentas. Somos responsables de las decisiones que tomamos. Podemos equivocarnos precisamente porque somos humanos. Podemos pedir disculpas porque somos humanos.

El conocimiento científico nos permite vivir en el mundo de un modo concreto. El modo en que intentamos desarrollar nuestras vidas como vivibles en nuestras sociedades mediadas por las Tecnologías de la Información y  Comunicación con una impronta sustantiva del cientificismo, no debería hacernos olvidar la responsabilidad que tenemos como personas. La Ciencia nos explica y nos ayuda a comprender nuestro entorno. Pero este tipo de saber – por más que se pueda inscribir en un algoritmo mediante indicadores – es falible porque es humano. Cualquier cálculo, por más complejo que sea, proviene de una inquietud humana.  Los humanos no somos meros gestores de información. Lo que sí somos es responsables.

En síntesis, la Ciencia es una de los grandes constructos humanos y nos define epocalmente. No es una Divinidad a la que tengamos que rendirle pleitesía – por definición eso es imposible, exige ser cuestionada – pero tampoco se la puede colocar en pie de igualdad con cualquier opinión. Si vamos a discutir científicamente se hará científicamente, no con cualquier idea o intuición sin ningún tipo de respaldo.


[1] Dejaremos para otro momento profundizar en esta metodología, el rol de estas revistas, editoriales, etc. Somos conscientes que en nuestro sistema Capitalista todo lo que entra en un mercado es susceptible de ser comprado y, por ello, distorsionado. Pero asumiremos la pulcritud y transparencia del sistema.

[2] Otro tema es el rol de la Industria farmacéutica. No entraremos en este otro debate.

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