
La imagen es la siguiente. Últimas filas de un colectivo de línea vistas desde adentro. Un niña de catorce años vestida como una amish sostiene a la hija de su amigo en su falda. A su lado, ese amigo sostiene – también en su falda – al hijo de ella. Los dos van tomados de la mano y sonríen después de guardar un buen fajo de billetes. Los dos, a bordo de un colectivo, huyen.
La imagen corresponde a la segunda temporada de la serie Shameless en su versión estadounidense. Esos niños huyen y no vuelven a aparecer. Su historia termina en la huida y no sabremos más de ellos. A su modo es un final.
Lo que se podía ver en la pantalla rápidamente evocó dos huidas, también cinematográficas, que tienen al actor Dustin Hoffman como protagonista. La primera es – alerta de spoiler – el final de la película de 1967 “El Graduado” de Mike Nichols. La segunda – también en el final – es de “Midnight cowboy”1 de John Schlesinger.
En las dos el actor huye – en una con su amante, en la otra con el amigo que lo cuida – de una realidad asfixiante para empezar de nuevo en otro lugar. Lo diferencial de otras huidas es el medio empleado. Lejos del glamur del descapotable, el caballo o la imagen icónica de “Casablanca” lo hacen subidos a un transporte colectivo, plebeyo, popular.
Los que vivimos en el interior del interior argentino conocemos lo que es tomarse el colectivo. Terminales de Omnibus, rutinas, venta de alfajores y la única certeza de horas y llanura por delante. De mis primeras estadías en el país, tengo como recuerdo el olor a gasoil y esos enormes motores encendidos en las paradas – “Bell Ville, veinte minutos” – que jalonan los largos recorridos.
Sabemos que, haciendo honor a su palabra, el transporte colectivo tiene ese aire de comunidad, de intercambio precario, de ronquidos en la noche, de susurros y chicos intentando soportar el viaje. Hay algo muy humano en ello.
Joaquín Sabina, en sus antiguos conciertos allá por la década de los ochenta, solía introducir una de sus canciones – “Cuando era más joven” – con las siguientes palabras: “…los trenes eran animales mitológicos que simbolizaban la huida, la fuga, la vida, la libertad”2
Huir en colectivo, jugando con la doble acepción de la palabra, tiene la fuerza del vehículo y de hacerlo con otros. Zygmunt Bauman, en un texto de 2016 poco tiempo antes de morir, hablaba de la actual desorientación de los seres humanos en cuanto a metas o proyectos de vida. Escribía que sienten la incomodidad de su presente pero no son capaces de armar un futuro –individual o colectivo– que les dé cobijo. En el desamparo provocado por el neoliberalismo son conscientes de que quieren huir pero no aciertan a formular un “adónde”. La caída de los grandes relatos que señalara Lyotard tiene que ver con esta situación. Sin relatos que proporcionen horizontes que den explicación y cobertura, los humanos nos sentimos desorientados. Como nuestros personajes, queremos huir.
En esta desorientación, aún siendo conscientes del griterío neofascista, hay voces que empiezan a construir posibles salidas desde el cuidado del otro. Las huidas, al colectivizarse, dejan de ser un “sálvese quien pueda” individual y empiezan a trazar recorridos emancipadores. Los feminismos son, sin duda, unas de esas voces y, probablemente, una de las más potentes. En días como hoy es bueno tenerlo presente.
1 “Cowboy de medianoche” en España, “Perdidos en la noche” en Argentina.
2 Sabina, Cuando era más joven (1986).