Han pasado ya unas semanas de los hechos sobre los que quiero reflexionar. En un mundo donde la velocidad aparece como valor prefiero tener un tiempo propio, postergado en palabras del pedagogo Ph. Meireu (2013), para poder pensarlos. Creo – así lo he compartido en diferentes espacios educativos – que es necesario “darse ese tiempo a uno” para poder analizar sin precipitarse ni ser demasiado injusto.
Evidentemente este tiempo no garantiza ninguna verdad ni un posicionamiento exento de sesgo ni contradicciones. Hablo y pienso desde un lugar y con una mirada construida a lo largo del tiempo.
Los hechos sobre los que reflexiono en este texto son los ocurridos en una de mis escuelas en mi ciudad, Bell Ville, en la provincia de Córdoba. Un docente puso, como pregunta final de una prueba/cuestionario “30. ¿Dónde está Santiago Maldonado?”. Esta prueba fue fotografiada y compartida en las redes sociales generando revuelo y, disculpen el término, un linchamiento al profesor en las mismas.
La reflexión la hago desde tres planos y me gustaría poder “dar que pensar” en el mejor sentido de la frase.
¿Está bien preguntar en una instancia evaluativa sobre Maldonado?
Recuerdo que en el primer momento al enterarme pensé que no, que conociendo la idiosincrasia de nuestra ciudad era meterse en un lío fenomenal. Incluso, con un grupo de docentes, lo juzgamos “fuera de lugar”, que no era esa instancia en donde se podía hacer la pregunta.
Pero al ver la reacción desaforada que se había desatado empecé a pensar si cabía otra posibilidad. Cada año y cada grupo clase son diferentes. Los docentes debemos pensar estrategias para que los contenidos de nuestra materia sean significativos y apropiados – en el sentido de que se los apropien – por los estudiantes. Lo que en un año nos funcionó, en otro año no hay manera. Hay un continuo recrear y pensar en el quehacer docente que hace a esta profesión maravillosa.
Además, en cada grupo establecemos relaciones únicas y singulares. Creamos “climas” que acompañan los procesos de enseñanza y aprendizaje y que son diferentes para cada uno de ellos. En este contexto ¿por qué debería criticar de antemano la decisión de mi colega de incluir la pregunta? ¿Acaso conozco el “pacto” que han creado en ese grupo? No me siento habilitado a juzgar los planteamientos de otro profesor sin tener conocimiento pleno de cómo está llevando el grupo y qué situaciones le llevan a plantear una estrategia u otra.
En estos últimos años, en los encuentros de formación docente dentro de la escuela, he tenido la suerte de compartir lecturas y debates con profesores de muy diferentes ámbitos al mío: taller, ciencias duras, arte, etc. Una de las principales conclusiones que hemos sacado es que en esa heterogeneidad de espacios se necesitan estrategias diferentes. La precisión en uno, la capacidad crítica en otro, la expresividad en un tercero o la disciplina cuando uno comparte un espacio como el taller.
Tomando esto en cuenta y trayendo a colación la idea de Anijovich (2017) de que las instancias de evaluación deben ser formativas vuelvo a preguntarme ¿está bien preguntar en una instancia evaluativa sobre Maldonado?
Ya no tengo tan clara mi negativa inicial. Tal como el docente expuso en su descargo en el canal, su voluntad era crear un “disparador”, algo que hace generar preguntas a los estudiantes. Un disparador que, en el contenido de la prueba que habla sobre “la conquista del desierto” es pertinente. Y lo más relevante es que la pregunta – no voy a ser inocente de pensar que está fuera de una disputa política – genera opiniones encontradas. Genera incomodidades.
Mi reflexión final en este primer plano es que la pregunta incluida en la prueba ha generado una excelente oportunidad – y un desafío -pedagógicos para hablar de derechos humanos, de política, de política partidaria, del rol de los medios de comunicación y, sobre todo, para reflexionar sobre cómo habitamos las redes sociales.
Al tomar tanta notoriedad es una oportunidad excelente para generar pensamiento. Me imagino lo interesante que puede ser para el grupo en concreto reencontrarse con su docente y poder hablar de lo vivido. Es evidente que la instancia evaluativa habrá sido formativa si se consigue, en esos posteriores encuentros, generar el ámbito de reflexión y de conexión con la materia. Será una de las cosas que esos estudiantes se acordarán siempre. La reflexión cierra con una pregunta ¿los adultos estamos a la altura de esta oportunidad pedagógica?
OBSERVACIÓN: Nótese que esta reflexión funciona igual si la pregunta hubiera sido, por ejemplo, “30. ¿Qué ocurrió con el fiscal Nisman?”
Hablar de Maldonado en las escuelas
¿Se puede? ¿Se debe? Probablemente ya he contestado a estas preguntas en lo escrito en el primero plano. Creo que se puede y se debe. Entiendo las escuelas como lugares donde “se muestra el mundo” (Masschelein y Simons, 2014) más allá de si nos gusta o no. Un lugar –y en esto soy consciente de que difiero de otras posibles miradas – creador de “tiempo liberado de expectativas externas”: la familia, la sociedad, el mundo del trabajo…
Bajo esta mirada preguntar por Santiago Maldonado en las escuelas no es más que otra pregunta del “afuera” de la escuela que entra en ella. Con esta mirada la pregunta se transforma en una pregunta escolar desligada de expectativas y convertida en disparador para comprender el “mundo”.
Dentro de la escuela conviven posiciones, valores y sentidos comunes que pueden ser puestos en juego sin imposiciones. Tal vez por haber transitado una secundaria en tiempos donde las prohibiciones aún estaban resonando tengo la vivencia de temas políticos en ella. Reclamos, cuestiones y asambleas poblaban las paredes de ese centro escolar. Incomodidades en un tiempo sin redes sociales que conllevaban discusiones y disputas que nos enseñaron a convivir.
No puedo imaginarme una lista de temas que no se puedan abordar en la escuela. No lo concibo. No lo concibo porque parto de un supuesto. Me pueden gustar más o menos – todos tenemos referentes – los docentes que hemos tenido o han tenido nuestros hijos. Pero entiendo que tienen el aval comunitario para estar frente al aula. Si tienen el aval – si yo mismo tengo el aval – solo lo puedo sentir como confianza. La libertad de cátedra es eso: confiar en ese docente aunque no me guste.
Del mismo modo no puedo imaginarme unas paredes impolutas, asépticas. ¿No sería una buena señal que hubiese, en nuestros centros educativos, elecciones con varias listas al centro de estudiantes? Evidentemente este deseo es político. La política como el espacio de disputa de ideas para la convivencia. La política como buena palabra.
Termino la reflexión de este segundo plano trayendo a colación otro episodio vivido en la ciudad. Una fotografía, con el cartel pidiendo por el paradero de Santiago Maldonado, de estudiantes y profesores del terciario donde también doy clases. Asumiendo el cariz político de la misma ¿realmente no debían o no podían hacerla?
El debate que se generó fue claramente político porque los detractores del hecho también usaron argumentos políticos partidistas. Fue una exposición de cómo cada uno entiende la comunidad. Fue un debate político. Creo que sería muy saludable que nos animásemos a discutir más asumiendo siempre que no tengo una verdad absoluta y que el otro que discute conmigo tiene algo que decir.
Mención aparte merece el uso indeseable de la falacia “ad hominem”. Esta falacia se define por atacar a la persona en vez de los argumentos o ideas que plantea. Fue lamentable el ataque a una de las docentes implicadas. Se cruzaron límites que no hacen a la convivencia. Esto lleva al tercer plano de estas ya demasiado largas reflexiones.
Uso responsable de las redes sociales
Dos son las principales características de Internet en general y las redes sociales en particular: La velocidad y que han conformado un nuevo espacio público en el que habitamos. Lejos de la promesa inicial de entenderlas como un ágora horizontal se puede avanzar, aunque es otro tema, que hoy serían un sutil y muy poderoso mecanismo de control.
Como nuevo espacio público está conformado por muchos otros que no son yo. Muchos otros que pueden pensar de formas muy dispares. Esos otros a los cuales saludaba en el comercio del barrio, en la sala de profesores o en la fila del banco. Esos otros cercanos y lejanos con quien intercambiaba educados comentarios de cortesía.
Hoy, además de esos comentarios, sé cómo piensan esos otros. Los veo postear fotografías, compartir “memes”, poner “me gusta” a todo tipo de infografías e incluso verlos tranzarse en una discusión fuerte o, directamente, insultando sin prejuicios. Hemos transparentado nuestra intimidad y me pregunto, a menudo, si era necesario o, más reflexivo, sino es peligroso.
¿Por qué peligroso? Porque estamos usando el lenguaje o directamente imágenes sin pensar en sus consecuencias. Cuando en la red aparecen intervenciones como “hay que matarlos” no puedo dejar de pensar en la banalización del mal: ¿quiénes son “los” que hay que matar? ¿Habla realmente de matar? ¿Eliminar? Una imagen no vale más que mil palabras. Tenemos que aprender a leer imágenes del mismo modo que tenemos que tener una buena comprensión lectora. Las palabras matizan, los emoticones no.
¿Cómo debemos comportarnos en la Red? Esta pregunta, que está en la base de la Ética en cuanto sociedad, no tiene respuesta. Sí podemos poner en juego algunos valores que usamos para la convivencia cotidiana en el espacio público urbano. Sí podemos pensar en nuestras palabras y sus consecuencias (en la red todo queda archivado para siempre). Sí podemos pensar que el espacio es compartido y que – puede ser un piso – el otro que no comparte mi “sentido común” es valioso.
En cuanto a la velocidad he comentado muchas veces en clase y lo dejo ver al inicio de este texto que se hace necesario “tomarse un tiempo” ante la actualidad. La velocidad nos empuja a no poder corroborar fuentes, comprobar datos, contextualizar frases. La voracidad de la red nos lleva a interactuar con un algoritmo – sí, ese que nos dice que hace tiempo no entramos, o nos trae un recuerdo, o nos informa que tal amigo irá a tal lugar – que ya no es una persona. Un algoritmo que se construye según nuestras preferencias y que nos ofrece “información” con la que presumiblemente voy a estar conforme.
Frente a esta velocidad sugiero contar a 1000 antes de compartir una foto o una infografía. Sugiero leer el texto que es presentado y, después de esa lectura, contar a 1000 también. Sugiero poner “en duda” todo lo que llega y tomarse tiempo para verificar. No hay verdades absolutas pero al menos comprobar la fuente, contextualizarla y preguntarse dónde podré conseguir una información que pueda ser opuesta.
Si no dispongo de tiempo, al menos, abstenerse de compartir. Hacer que los “me gusta” no sean fáciles. Que un “me gusta” propio sea de prestigio, elaborado. Hay un botón en la red Facebook, por ejemplo, que permite guardar esa entrada que nos llama la atención para leerla más tarde. Saludable tomarse ese tiempo. Con los grupos de whatsapp puede ocurrir lo mismo. Tiempo y postergar comparticiones compulsivas.
Habitar la red es hacerse cargo de estar junto a otros diferentes en un espacio bastante nuevo sin referencias históricas a las que acudir. No hay un “antes se hacía así”. Tomarse tiempo puede ser una buena medida.
Abriendo el debate, cerrando el texto
Finalizo recordando el porqué de estas reflexiones. El caso de Santiago Maldonado como detonante para preguntarse sobre pedagogía, lo escolar y el uso de las redes sociales. La preocupación por las señales de no poder convivir con el otro. La solidaridad con los profesores y estudiantes que se han visto agraviados.
No obstante no puedo dejar de decir que, en el momento de redactar estas líneas, Maldonado no ha aparecido. De las variadas hipótesis que se han planteado me preocuparía que se confirmara la peor de todas. Una persona desaparecida por las fuerzas de seguridad en Argentina, más allá de nuestras ideologías, sería una terrible noticia.
De momento mi posición es estar al lado de la familia y seguir presionando como ciudadano para que no se diluya en la vorágine de noticias.
Anijovich, R (2017) La evaluación formativa en la enseñanza superior. Revista Voces de la Educación. Año 2 Vol. 1 Enero – junio 2017. ISSN 2448-6248 (electrónico)
Massechelein, J y Simons, M (2014) Defensa de la escuela. Una cuestión pública. Buenos Aires, Miño & Dávila
Meireu, Ph (2013) La opción de educar y la responsabilidad pedagógica. Buenos Aires. Ministerio de Educación.