A veces los momentos se convierten en acontecimientos sin haber sido programados. Una mañana de otoño, un sol cálido, el aire frío. La música aparece como deseo. En el gusto de escuchar, consciente de no estar conectado, prefiero la sonoridad del viejo tocadiscos.
De entre los vinilos aparece uno largamente ignorado. Un disco doble que supo girar y girar en otros momentos. Lo tomo y me decido por él. Nostalgia y placer. Empieza a rodar y aparece una sonoridad característica. El disco es “20 canciones de amor y un poema desesperado” de Luís Eduardo Aute.
Al ritmo de siempre suena la melodía pero sucede, como un fogonazo tenue, que las letras cobran un nuevo sentido. Me detengo en las estrofas, en el texto, en la atmósfera. Algo ha ocurrido. Ya no dicen lo mismo. La mirada estereotipada del varón hacia la mujer aparece cruda. No quiero reconocerlo, quiero que haya una explicación, quiero que la música que me acompaña desde la adolescencia no diga eso. No puedo evitarlo, algo se cae al suelo.
En esta caída se hace patente un hecho que, intuido, estaba como velado: en el momento actual de la lucha feminista los varones no podemos quedar indemnes. Los muchos años acompañando a nuestras compañeras, amigas y conocidas en la reivindicación de la igualdad de género no nos salva de hacernos cargo de que – voluntaria o involuntariamente – hemos estado del lado de los privilegiados.
Khun, en su libro sobre las revoluciones científicas[1], puede ser de ayuda para pensar en lo ocurrido. Este autor sostiene que la Ciencia es un complejo conjunto de teorías que tratan de dar cuenta de un entorno físico o cultural determinado. Ese conjunto, mientras sirve para explicar lo que sucede y anticipar posibles futuros, se mantiene y se conoce como periodo normal.
La historia nos muestra que estos periodos nunca son eternos. A partir de un momento determinado ese arsenal para afrontar la realidad deja de ser satisfactorio. Ya no puede dar cuenta de lo que ocurre, ya no anticipa, deja de explicar. Lo que pretendía conocer se le escurre entre las manos. La crisis está servida.
Este es el momento en que otros hombres y mujeres empiezan a buscar modos alternativos de conocer ese entorno, esa realidad. Prueban nuevos caminos y generan una revolución. La ciencia normal – que deja de servir – se ve superada. Con un devenir abierto y no planificado se van abriendo caminos que culminarán con nuevos modos de ver, nuevas teorías, un nuevo paradigma en palabras del mismo Khun.
Eso que cayó al suelo quedando roto es irrecuperable. Nos guste o no, nuestras vivencias del pasado tienen una esquina rota al mirarlas con los ojos de hoy, de ahora. La belleza, la nostalgia y la melancolía son interpeladas por unos nuevos ojos que estallan por las calles, plazas, casas y pantallas.
Machismo asesino
A diferencia de la cotidianidad que viven las mujeres, los hombres no hemos tenido que lidiar con situaciones que nos hayan dejado huella. No hemos tenido que “sacarnos de encima” a nadie ni hemos tenido miedo al volver a casa solos. No hemos tenido que justificar ninguna actitud “promiscua” ni salvaguardar un “buen nombre”. No hemos tenido que aguantar la respiración y pasar entre gritos de desconocidos, ni nadie ha intentado meternos mano en transportes colectivos. No hemos tenido que aguantarnos a nosotros mismos como machos cosificadores.
Ahora bien, el machismo mata y nos mata. Rita Segato, antropóloga brasilera, decía hace un tiempo en una entrevista radial[2] que el machismo mata y que incluso mata a más hombres que mujeres. Evidentemente no se trata de hacer una competencia entre quien aporta más víctimas sino de pensar al machismo en la línea de la lógica de la crueldad (Mèlich, 2014)[3] o, en palabras de la misma autora, la pedagogía de la crueldad.
Desde bien pequeños se nos ha demandado a los varones que seamos bien machos, que anestesiemos nuestros sentimientos, que no lloremos. Se nos ha pedido que seamos capaces de arreglar las diferencias a golpes, a trompadas. Incluso en una película tan hermosa como La historia interminable Bastian, el niño protagonista, recibe como premio una venganza basada en la fuerza frente a los chicos que lo molestaron.
Hemos sido educados bajo un mandato de crueldad. Aún hoy, en las aulas de secundaria, cuando los estudiantes me interpelan si alguna vez me vi envuelto en una pelea a la salida de un boliche noto esa pequeña vergüenza de tener que contestar que no.
¿Por qué vergüenza? Cuestionar ese mandato es el inicio de la emancipación frente a un modo único de ser varón, un único modo de vivir la masculinidad. La rotura con la que se inicia este texto permite ese cuestionamiento. La denuncia del mandato de crueldad genera una acción de alejamiento.
Ellas nos emancipan
Entonces, lo que nuestras compañeras están haciendo al ocupar las calles, al levantar la voz, al construirse como colectivo, es – entre otras muchas cosas – darnos la posibilidad de cuestionar ese mandato cruel. Frente a las lógicas individualistas del Neoliberalismo, el movimiento de mujeres se erige como colectivo. Un conjunto de mujeres que, al agruparse, se convierten en una fuerza descomunal.
Los datos recogidos por el hashtag #Cuéntalo en twitter – tres millones de tweets[4] – permiten dar cuenta de la magnitud del acoso, de la violencia, de la crueldad del machismo. Pero también permiten visibilizar la fuerza que está naciendo. Nada es lo mismo cuando hay un enorme número de mujeres gritando #niunamenos.
En este contexto, ellas nos emancipan. Desafían la crueldad y, con ello, desafían el mandato del machismo. Desafiar el mandato del machismo es el que nos permite vivir las diferentes masculinidades junto a los otros varones, mujeres o trans que habitamos cada rincón del mundo.
Es evidente que los que tenemos una cierta edad no podemos dejar de habitar nuestro pasado con nostalgia. Pero también lo es que la esquina rota se hace presente y nos interroga. Puede que sigamos escuchando canciones y nos emocionemos con las letras que pueblan otros tiempos. Pero también es cierto que difícilmente podremos ignorar esa rotura, esa marca.
Este tres de junio saldremos a gritar y a cantar con nuestras compañeras por las calles y plazas del país. Lo haremos por ellas y lo haremos por nosotros, lo haremos por todo el abanico de sentires y vivencias, por todos los géneros, por mucho más que modos que ser.
#niunamenos
[1] Khun, T. S. (2006) La estructura de las revoluciones científicas. Novena edición. FCE. México
[2] Lobo suelto http://lobosuelto.com/?p=19642&
[3] Mèlich, J, C (2014) Lógica de la crueldad. Barcelona. Herder
[4] Se cuenta la gestión y registro de esta historia ocurrida en marzo de 2018: https://www.karmapeiro.com/2019/03/10/3-milions-de-tuits/