Contame de Rita

Me es difícil situarlo exactamente en el tiempo pero el hecho ocurrió hacia finales de los 70. Era verano y estábamos de colonias[1]. Ese día era diferente, fuera de lo común. Lo ocupábamos haciendo “la excursión larga”, un día entero caminando, comiendo fuera de la casa donde dormíamos. En el regreso – he transitado ese camino varias veces pero esa fue la primera – me junté con Lluís, un amigo de la infancia que hace mucho que no veo. Empezamos a explicarnos  aventuras que habíamos vivido. A cada turno del contar la aventura se volvía más fascinante. Contamos y contamos durante horas y lo recuerdo como un momento maravilloso. Me gusta evocarlo.

Lo más lindo es que cuando nos acercábamos de vuelta a la casa, no recuerdo quién empezó, pero nos confesamos mutuamente que nos lo habíamos inventado todo. Esta maravillosa confesión fue seguida de un reconocimiento a lo bien que nos lo habíamos pasado. Horas haciendo literatura, contándonos cuentos, cuidándonos y cuidando la palabra.

Me gusta escuchar historias en vivo, a pelo, con el cuerpo que ayuda a contar. Conozco a varias personas a las que admiro porque saben contar. Me fascina ese ponerse en el cuento y en el contar. Carmen Martín Gaite señala en El cuento de nunca acabar [2] que en esto de contar historias:

“…oir hablar a una persona es también verla hablar, descubrir las huellas del cuento en el rostro que lo emite”.

Y sigue, más adelante, que:

“…lo que está bien contado es verdad, y lo que está mal contado es mentira: no hay más regla que esa para aceptarlo o rebatirlo”.

Uno se planta ante lo que le van a contar con todas las ganas. Tiene preparados el asombro, la curiosidad, las ganas de salirse de lo cotidiano, de lo que lo aferra. Tiene la imaginación fresca, con olor a limpio, a punto para echarse a volar. Avidez, espera.

El que cuenta tiene una gran responsabilidad. Carmen Martín Gaite – de nuevo – cuenta como se enojaba de chica si al narrador se le notaba el desgano, el descreimiento, el aburrimiento por leer otra vez una historia ya contada.  No podemos contar sin estar con todo.

Cuando uno empieza a contar tiene las imágenes que van brotando en su cabeza. El hilo del cuento viene tirando de lo que sucede y no se puede tirar ni demasiado rápido ni demasiado lento. Tiene su tempo. Lo que uno cuenta puede ser lo que lee en un libro, una película, un viaje o lo que se le ocurre en ese momento. Pero el que cuenta lo tiene que vivir. Se juega la vida. La pone en juego. Pone el alma en esa historia.

Una vez un cuenta-cuentos vasco empezó a contarnos historias de su tierra, de personajes ancestrales, imaginarios. Éramos unos chicos grandes ya. En ese atardecer del sur de Francia la luz tenía otra tonalidad. Lo curioso es que el narrador se hacía ayudar por un amigo porque la historia la vivía en euskera y, a veces, la palabra que asomaba era la original y tenían que discutir si la palabra castellana que la iba a sustituir era la adecuada.

Leer historias es un placer solitario que nunca se hace solo. Pero cuando podemos escuchar historias de viva voz el placer se amplifica.

Estos días mi esposa está viendo una serie de una docente danesa, Rita[3], altamente recomendable. Yo sólo he visto algunos fragmentos sin llegar a seguir ni terminar un capítulo entero. Pero no me preocupa porque lo que me fascina es que ella me está contando la serie explicándome lo que ocurrió, qué desafío o problemática se había planteado, qué personajes habían aparecido. En el contar no sólo aparecen los personajes de la serie sino que nos entremezclamos nosotros, nuestra gente, las complicidades. Ella me regala la trama de la historia y lo hace como indica Carmen Martín Gaite: tomándose en serio lo que cuenta, poniendo el cuerpo en ello, jugándose el alma en hacerme a Rita presente. El placer de escuchar un cuento en casa.

Cuenta-cuentos y narradores, escritores de historias. Creadores de tiempos. Retomo, antes de acostarme, el libro de Carmen Martín Gaite para recrear la atmósfera que genera. Si no la conocen, búsquenla. Un placer de la lengua castellana.

Mañana, cuando me despierte, miraré a mi lado y  pediré “contame de Rita”.

[1] Campamento de verano diríamos en Argentina

[2] Martín Gaite, C (1997) El cuento de nunca acabar. Barcelona. Editorial Destino. Pág. 13 y 251

[3] https://en.wikipedia.org/wiki/Rita_(TV_series)

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